El Arte de Vivir a Tu Manera
Una carta para Luna sobre coherencia, creación y juego
DIEGO ROJO
Para Luna,
que le da sentido a todo
Alan Watts
PRÓLOGO
¿Por qué vivir bien importa?
Luna, te voy a decir algo que casi nadie admite:
La mayoría de adultos anda improvisando.
No existe un manual definitivo para vivir bien, nadie tiene la fórmula mágica. Pero sí hay algo que uno aprende con los años:
Se siente distinto vivir alineado contigo mismo que vivir arrastrado por lo que otros esperan de ti.
Vivir bien no significa “ser feliz todo el tiempo”.
Significa, más bien, poder mirarte al espejo y decir:
“No soy perfecta, pero no me estoy traicionando.”
Yo he leído filosofía, he cambiado de opinión, me he equivocado mil veces, he admirado a muchos filósofos como Aristóteles, a los existencialistas, a Alan Watts… y al final llego siempre al mismo punto:
La vida vale cuando se vive con coherencia, con creación y con cierto sentido del juego.
Este libro es para ti, pero también es para mí.
Para dejar por escrito cómo entiendo el mundo y para que, cuando tú lo leas, tengas un mapa posible, no para obedecerlo, sino para compararlo con el tuyo.
Si alguna vez te pierdes, vuelve a esto.
No porque aquí esté “la verdad”, sino porque aquí está mi forma honesta de quererte:
Compartirte la manera en que yo he intentado vivir.
Coherencia como brújula
Lo que haces habla de quién eres
Luna, el mundo te va a decir muchas veces que “seas tú misma”. Suena bonito, pero nadie explica qué significa eso.
Para mí, ser tú mismo no es “hacer lo que te provoca”. Tampoco es seguir lo que otros quieren.
Es algo más simple y a la vez más difícil:
Que tus decisiones cuenten la misma historia que tus valores.
No eres tus pensamientos sueltos, ni tus emociones de un mal día. Eres lo que haces de manera repetida, lo que eliges aun cuando nadie te ve, lo que construyes día a día con cada acción.
Cada vez que decides algo, estás votando por la persona que estás siendo. Cuando mientes para quedar bien, estás votando por una versión de ti que prefiere la aprobación al respeto propio. Cuando dices la verdad aunque incomode, estás votando por una versión de ti que prefiere la coherencia al aplauso fácil.
No se trata de obsesionarte ni de vivir tensa. Se trata de que, cada cierto tiempo, te preguntes:
¿hacia quién me estoy convirtiendo?”
No hace falta que seas “la mejor” en todo. Pero sí te pido algo: No te acostumbres a actuar como alguien que no quieres ser. Creo que ese es el secreto para ser auténtico.
La vida no te etiqueta al nacer; te vas escribiendo en cada decisión. Y aunque siempre puedes corregir el rumbo, es mucho más liviano caminar cuando tus pasos cuentan la misma historia que tu conciencia.
La unidad entre pensar, sentir y actuar
Imagínate una mesa con tres patas:
Pensar, Sentir y Actuar.
Si una pata se queda corta, la mesa cojea. Así pasa por dentro.
A veces vas a pensar una cosa, sentir otra y terminar haciendo algo completamente distinto. Eso cansa. Agota. Rompe.
Coherencia no significa que nunca dudes. Dudar es sano. Coherencia significa que no vivas eternamente dividida. Si algo te parece mal, te hace sentir mal y aun así lo haces solo por miedo, costumbre o presión, empiezas a fracturarte internamente. Quiero que uses estas tres preguntas como chequeo para cualquier decisión que consideres importante:
¿Lo que pienso de esto tiene sentido para mí?
¿Lo que siento va en contra de algo importante que valoro?
¿Lo que estoy a punto de hacer refleja quién quiero ser?
No siempre se alinearán al 100%. La vida es desordenada. Pero si, casi siempre, lo que haces puede mirarse de frente sin que tu mente y tu corazón se sientan traicionados, vas a caminar con mucha más paz.
No busques ser perfecta, busca ser honesta contigo. Habrá días en que harás algo que no te convence; lo importante es verlo, asumirlo, aprender y ajustar la siguiente decisión.
Vivir con unidad interna no es un estado mágico,
es un trabajo continuo de escuchar tu mente, tu emoción y tu acción, y hacer que conversen. Cuando se ponen de acuerdo, la vida se siente menos pesada y más tuya.
La existencia como obra abierta
La libertad no es una carga; es un lienzo
Te van a decir que eres libre. Suena lindo hasta que te das cuenta de que eso significa que no hay un libreto garantizado.
Para mucha gente, eso da miedo. Para mí, es lo mejor que tiene la vida.
Libertad no es “hacer lo que quieras siempre”. Tampoco es “no tener reglas”. Libertad es saber que, al final, eres tú quien decide qué tipo de historia quiere vivir.
No naciste con un guión grabado:
No hay una “profesión correcta”, una “forma correcta de amar”, un “camino correcto” universal.
Eso no quiere decir que todo valga igual. Quiere decir que tienes espacio para elegir y responsabilidad de hacerlo con conciencia.
No veas la libertad como un peso tipo: “tengo que encontrar EL sentido de mi vida”. Más bien mírala como un lienzo en blanco que puede llenarse de intentos, bocetos, borradores, cambios de color.
Nadie puede vivir por ti. Yo puedo aconsejarte, acompañarte, advertirte, pero no decidir en tu lugar.
La libertad da vértigo, sí. Pero también da algo inmenso: La posibilidad de reconocerte en tu propio camino y decir: “esto que vivo, lo elegí.”
Ese orgullo tranquilo por tus elecciones vale más que cualquier guión cómodo que otros quieran imponer.
Inventar propósito sin mentirte
“Encontrar tu propósito” está sobrevalorado cuando lo venden como si fuera un objeto perdido en algún lugar mágico.
Tu propósito no es algo que encuentras listo, es algo que vas construyendo mientras vives.
Hay dos trampas que quiero que evites:
Escoger un propósito que suena bonito, pero no te mueve.
“Ayudar al mundo”, “ser exitosa”, “hacer historia”…
Si no sabes qué significan concretamente en tu vida, son solo frases de póster motivacional.
Vivir sin ningún norte, como si nada importara.
Eso parece libertad, pero en el fondo es vacío disfrazado.
Un propósito honesto no tiene que ser épico.
Puede ser algo como:
Lo importante es que te lo creas tú. Que, cuando mires tus días, veas que apuntan en esa dirección.
Y sí, tu propósito puede cambiar. Lo que a los 18 te parecía vital, a los 30 puede quedarte chico… y está bien.
Lo único que te pido es esto:
No te mientas a ti misma.
Si dices que algo es importante, que se note en tu agenda, en tu esfuerzo, en tus decisiones.
Un propósito no es un eslogan: es el hilo que une tus días en algo que tiene sentido para ti.
La vida como entrenamiento del carácter
El carácter se fabrica, no se hereda
Hay cosas que heredamos: rasgos físicos, gestos, hasta cierta forma de ver el mundo. Pero el carácter, el de verdad, se construye.
No naciste valiente ni cobarde, generosa ni egoísta, paciente ni impulsiva. Naciste con tendencias, sí. Pero lo que hagas una y otra vez es lo que refuerza esos rasgos o los transforma.
Piensa en la valentía. No aparece de golpe como una luz. Se entrena primero en cosas pequeñas:
Decir lo que piensas, defender a alguien, probar algo nuevo aunque te incomode.
Cada pequeña decisión es como levantar peso en un gimnasio: Fortalece un “músculo” interior.
La trampa es creer que “así soy yo” y usarlo como excusa para no cambiar. “Soy celosa.” “Soy inseguro.” “Soy distraída.”
No. Eres alguien que, hasta ahora, ha actuado muchas veces de esa forma. Y por eso se siente natural.
Pero lo natural no siempre es lo mejor. Lo mejor, muchas veces, es lo entrenado.
La buena noticia es que nadie está condenado a ser la peor versión de sí mismo para siempre. La mala noticia es que mejorar toma tiempo, incomodidad y repetición. Pero nosotros los músicos estamos acostumbrados a eso, aprender un instrumento toma tiempo, es incómodo, no empezamos siendo los mejores, lo único que nos va a ser mejores es la práctica, la repetición.
Cuando quieras cambiar algo de ti, no busques milagros: busca práctica. No digas “quiero ser más paciente” y esperes despertarte distinta. Ponte a prueba en cada cola, en cada atraso, en cada discusión.
Cada vez que respondes distinto, estás, literalmente, fabricando carácter.
El justo medio aplicado a la vida real
La vida rara vez se resuelve con “todo o nada”.
Entre hablar y callar,
Entre ceder y pelear,
Entre cuidarte a ti y cuidar al otro,
Casi siempre hay un punto medio donde las cosas funcionan mejor.
No hablo de tibieza. Hablo de precisión.
Si siempre dices lo que piensas sin filtro, puedes herir innecesariamente. Si nunca dices lo que piensas, te borras a ti misma.
El “justo medio” aquí sería:
Decir la verdad con firmeza, pero cuidando el modo y el momento.
Con el tiempo aprenderás a reconocer cuándo te estás yendo a un extremo:
Cuando cedes todo por miedo
O cuando impones todo por orgullo
Piensa en esto como un ajuste de volumen:
No quieres el parlante en 0 ni en 100 todo el tiempo. Quieres aprender a subir y bajar según lo que la situación pida.
Y sí, vas a fallar muchas veces:
Hablarás de más, te quedarás corta, te arrepentirás. Eso no es un problema, es parte del aprendizaje.
Lo importante es que mires tus actos y te preguntes:
¿Qué habría hecho yo misma,
pero un poco más sabia?”
Ese ejercicio, repetido, afina tu criterio mucho más que cualquier regla rígida.
Bailar con el caos
El fluir como forma de inteligencia
No todo en la vida se puede controlar, y mientras antes lo aceptes, menos sufres.
Habrá cosas que se rompen sin avisar:
Planes, relaciones, proyectos, salud. El caos no es una excepción, es parte del paquete.
La respuesta no es rendirse, pero tampoco es apretar todo con tanta fuerza que terminas agotada.
Hay una inteligencia especial en aprender a fluir:
Ver qué sí puedes cambiar y qué sola puedes atravesar cualquier obstaculo.
Fluir no quiere decir que todo te dé igual. Quiere decir que, cuando el mundo se mueve, tú aprendes a moverte con él en lugar de quedarte paralizada.
Imagina que estás en el mar:
Si peleas contra cada ola, te ahogas. Si aprendes a leerla, a flotar, a subirte en ella, a esperar, llegas mucho más lejos.
Pregúntate, frente a algo difícil:
¿Qué depende realmente de mí?
¿Qué no depende de mí aunque me duela?
¿Qué puedo hacer hoy, aunque sea pequeño?
Responder eso y actuar en consecuencia es mil veces más inteligente que desesperarte tratando de controlarlo todo.
Reinterpretar sin resistir
Habrá cosas en tu vida que no vas a poder cambiar:
Decisiones que ya se tomaron, pérdidas, errores, finales.
Pero siempre queda algo en tus manos:
El significado que le das a lo que pasó.
No se trata de romantizar el dolor ni de decir “todo pasa por algo” como frase vacía.
Se trata de preguntarte, con honestidad:
¿quién quiero ser yo a partir de aquí?”
A veces, lo que hoy te parece un desastre, mañana se convierte en el inicio de otra etapa. Otras veces, simplemente es algo duro que integras y que te hace más profunda.
Reinterpretar no borra lo que dolió. Solo evita que ese dolor tenga la última palabra.
Hay libertad incluso en medio de lo que no elegiste:
Siempre puedes decidir cómo te vas a contar la historia y qué vas a hacer con ella.
La vida como creación
Crear como acto moral
Luna, tú no solo “tienes” una vida:
La estás creando.
Crear no es solo arte. Es la forma en que hablas, en que escuchas, en que eliges a tus amigos, en que trabajas, en que descansas, en que amas.
Cada vez que tomas una decisión, estás diseñando el ambiente donde vas a vivir mañana.
Por eso crear es también un acto moral:
No da igual qué tipo de vida construyas.
Puedes crear una vida llena de ruido, apariencias, comparaciones constantes, carreras que no sientes tuyas. O puedes crear una vida más simple pero más auténtica, donde lo que haces tiene que ver contigo.
No te compares con lo que otros parecen tener. Pregúntate más bien:
Si la respuesta es sí, aunque sea imperfecta, vas por buen camino.
Crear también implica destruir algunas cosas:
Soltar ideas antiguas, dejar atrás gente que no suma, cerrar etapas que ya cumplieron su ciclo.
No tengas miedo de editar tu vida. Es la única forma de que la obra final se parezca a ti y no a un collage de expectativas ajenas.
La excelencia como obra continua
Hay una trampa en la que caemos muchos:
Creer que algún día “vamos a llegar”.
Llegar a ser “la persona que queremos”, llegar al trabajo perfecto, a la relación perfecta, a la versión definitiva de nosotros mismos.
La realidad es otra:
Siempre vas a estar en proceso.
Eso, lejos de ser triste, es liberador. Significa que nunca estás acabada. Que puedes cambiar de idea, de ritmo, de forma, y seguir siendo tú.
Cuando hablo de excelencia, no me refiero a perfección. Me refiero a vivir de tal manera que puedas decir:
más consciente y más valiente
que la de hace un año.”
La excelencia es el resultado de muchas pequeñas decisiones alineadas, no de un gran momento heroico.
No esperes “estar lista” para vivir bien. Vive, equivócate, corrige, aprende, y sigue afinando.
Mientras mantengas la intención de crecer sin traicionarte, tu vida ya está en el camino de la excelencia, aunque a veces te sientas perdida.
La risa como señal de que entendiste
Si llegaste hasta aquí, Luna, quiero que te quedes con algo simple:
Vivir bien no es seguir reglas perfectas, ni vivir sin errores, ni tener todo claro.
Vivir bien es aprender a estar de tu lado mientras caminas, a no venderte por migajas, a no dejar de crear, a no perder el humor ni cuando las cosas se ponen difíciles.
Cuando puedas reírte un poco de ti misma, de tus dramas, de tus confusiones, significa que ya entiendes que la vida es importante, sí, pero también es juego.
Yo no sé qué vas a elegir, ni quién vas a ser exactamente. Pero sé qué deseo para ti:
Que vivas con coherencia, que inventes tu propio sentido, que crees una vida que se parezca a tu alma, y que, en medio de todo, no pierdas la capacidad de bailar con lo que te toque.
El sentido de la vida se crea viviendo con coherencia interna, improvisando con libertad, actuando desde el carácter y abrazando el caos sin miedo. Tu ética nace de ti, pero tu disciplina nace de querer ser mejor.
Si alguna vez dudas, vuelve a estas páginas. Allí me vas a encontrar, intentando acompañarte, aunque no esté.
Mi arquitectura ética
ARISTÓTELES: EL ARTE DE FLORECER
Si tuviera que explicarte Aristóteles sin mencionar a Aristóteles, te diría esto:
La vida buena no es un asunto del cielo, sino de la práctica diaria. Nadie se vuelve valiente por leer sobre la valentía, ni generoso por admirar la generosidad. Somos, literalmente, lo que hacemos repetidamente.
Él dice que la función del ojo es ver, la función de la flauta es sonar y la función del ser humano es razonar y actuar con esa razón. Entonces el vivir bien sería ejercitar nuestra razón para dirigir nuestras acciones.
Habla también de que nuestra última meta no es el placer, no es la riqueza ni el poder; nuestra última meta es vivir una vida bien vivida. Aristóteles llama a esto eudaimonia. La mal traducen como “felicidad”, pero no es alegría ni placer: es florecer, cumplir con la forma más plena de lo que puedes llegar a ser. Eres tú, pero en su mejor versión, una versión cultivada.
¿Cómo se cultiva eso?
Con una brújula especial: phronesis, la sabiduría práctica.
No es teoría; es saber qué hacer delante de la vida real, la que no perdona ingenuidades. Phronesis es aprender a decidir bien aunque no haya reglas claras. Es encontrar el punto justo entre dos extremos tontos:
Entre el miedo y la temeridad, la valentía.
Entre el egoísmo y la entrega absoluta, la generosidad.
Entre la rigidez y el caos, el carácter.
Aristóteles no te pide perfección.
Te pide práctica constante.
Y eso, Luna, es algo que cualquiera puede elegir sin importar talento, suerte ni genio. Por eso sigue vivo después de dos mil años:
Describe a los humanos tal como somos, sin adornos.
Esa es la columna vertebral de mi ética.
Mi punto de partida.
EXISTENCIALISTAS: LA LIBERTAD COMO CARGA Y REGALO
Si Aristóteles te dice “florece”, los filósofos existencialistas te dicen:
“No existe manual para florecer, te toca inventarlo”.
Ellos miran la vida y encuentran una broma extraña:
Estás en este universo sin haberlo pedido, te pasan cosas sin haberlas elegido, y aun así todo lo que haces es tu responsabilidad. Un fastidio, pero también una oportunidad genial.
Para el escritor Sartre, la libertad es radical:
Siempre estás eligiendo, incluso cuando “no eliges”. Cada acto es un ladrillo en la construcción de quién decides ser. Nadie viene a salvarte, ni a decirte qué debes o no debes querer.
Camus, más cálido, te recuerda que el mundo es absurdo, pero eso no te condena: te obliga a inventar tu propio sentido. Hay que imaginar a Sísifo sonriendo, porque el acto de empujar la roca ya es una declaración de libertad.
Los existencialistas te hacen responsable de tu vida, pero también te devuelven algo hermoso:
La posibilidad de que cada día sea el primer ensayo de una obra que tú misma estás escribiendo.
Si Aristóteles es estructura, ellos son la página en blanco que se llena con tus elecciones.
ALAN WATTS Y ORIENTE: EL LIBRO Y EL GRAN JUEGO
Antes de que existiera cualquier verdad solemne, la humanidad inventó historias para entenderse a sí misma. Alan Watts retoma esas historias, esos mitos, pero les quita el peso para mostrarte algo sorprendente:
La vida no es una sentencia, es un juego muy sofisticado.
En El Libro, Watts explica algo que Oriente sabe hace siglos:
El “yo” no es un objeto sólido, sino un patrón, un proceso, una máscara que la conciencia sostiene. Tú no eres una cosa; eres un baile.
Cuando entiendes eso, algo se afloja. Dejas de tomarte tan en serio, y al mismo tiempo, empiezas a vivir con más profundidad.
Watts dice que el universo es como un actor genial interpretando miles de papeles a la vez, y que olvidarse del papel original es parte del juego. Por eso no recuerdas haber elegido nacer: forma parte de la obra de teatro.
Y aquí aparece una de las metáforas más brillantes que he leído:
El juego de las escondidas de Dios.
Según Watts, la conciencia absoluta, Dios, el Todo, el misterio, se esconde dentro de todos los seres para poder encontrarse a sí mismo. Es un juego infinito donde cada vida es un “escondite” temporal. Nacer es esconderse. Vivir es buscar. Morir es volver a encontrarte.
No es una teoría religiosa; es una forma poética y profunda de entender la existencia como una danza, no como una condena.
Y cuando lo lees con calma, descubres algo fundamental:
Si el universo está jugando, no te corresponde a ti vivir como si estuvieras en castigo.
Watts es la ligereza que me faltaba. La pieza oriental que balancea al Aristóteles racional y al existencialismo dramático.
Gracias a él entendí que ser responsable no está reñido con disfrutar.
Que pensar no está reñido con reír.
Que elegir no está reñido con fluir.
Y que una ética que no permite la risa termina siendo una superstición.
CATOLICISMO Y BUDISMO: DOS RÍOS QUE SE TOCAN
Podrían parecer mundos opuestos, pero el catolicismo y el budismo tienen puntos de contacto inesperados.
El catolicismo, cuando lo miras sin culpa, te habla de dignidad, de compasión, de perdonar para poder seguir adelante. No para olvidar, sino para no destruirte.
El budismo, sin culpa tampoco, te habla de impermanencia,
de aceptar que todo cambia y que resistirse al cambio crea sufrimiento.
Uno te dice:
“Eres amado aunque seas imperfecto”.
El otro te dice:
“Eres impermanente, así que no te aferres demasiado”.
En el fondo, ambos buscan lo mismo:
Que no te pierdas a ti misma en la confusión del mundo.
Watts usa el catolicismo como puente para explicar el budismo,
Porque una ética sin compasión no es ética. Y una vida sin desapego se vuelve angustia.
CÓMO MEZCLÉ TODO ESTO PARA VIVIR A MI MANERA
No hay un sistema aquí.
No hay dogma.
No hay templo.
Hay un taller en movimiento donde las piezas se van ajustando.
De Aristóteles tomé la idea de que el carácter se construye con actos repetidos, que la virtud es práctica, no concepto, y que vivir bien es encontrar una forma de equilibrio en medio del caos.
De los existencialistas tomé la responsabilidad radical:
Si la vida no trae instrucciones, entonces cada elección importa. El sentido no se encuentra: se fabrica.
De Watts y Oriente tomé el alivio:
No somos tan sólidos como creemos; no estamos atrapados en un yo fijo; la vida es un juego profundo donde reír es tan sagrado como pensar.
Del catolicismo tomé la compasión como principio moral:
Si vas a elegir algo, elige no dañar.
Y si vas a fallar, falla con humildad.
Del budismo tomé la claridad:
No te aferres a lo que ya cambió.
No confundas apego con amor.
Y de todo eso, Luna, formé
Mi propia ética práctica: una mezcla rara y honesta entre disciplina, libertad y ligereza.
Una ética que no pretende tener razón, solo servir para vivir mejor.
LA ÉTICA COMO CREACIÓN
Cualquier ética que no puedas usar un martes cualquiera
no sirve para nada.
La vida no es metafísica pura; es una sucesión de decisiones pequeñas que, con el tiempo, dibujan quién eres.
Para mí, la ética es un arte: una creación personal donde vas combinando lo aprendido con lo vivido y lo que deseas llegar a ser.
No eres un proyecto terminado. Eres una obra en proceso.
Si sabes eso, jamás vas a exigir perfección, pero siempre vas a buscar crecimiento.
Eso es vivir a tu manera.
Páginas para navegar el mundo
IDEAS PARA NO PERDERTE EN EL CAMINO
1. Equivocarte bien
No busques evitar errores.
Busca cometerlos con inteligencia:
Errores que te enseñen, no errores que te destruyan.
2. Elegir bien tus vínculos
La gente que te rodea puede ser tu hogar o tu tormenta. Elige a quienes te permiten pensar mejor y sentir con más libertad.
3. Defender tus ideas sin convertirlas en armas
Tener convicciones no significa aplastar al otro.
Una idea fuerte debe ser capaz de escuchar sin romperse.
4. No perder tu curiosidad
La curiosidad sostiene la identidad.
Cuando alguien deja de preguntar, empieza a apagarse.
5. Buscar el silencio
El mundo grita.
El silencio te devuelve el sonido de tus propios pensamientos.
Es la base de la phronesis moderna.
LUNA A LOS 11 AÑOS
A los once años ya eras más despierta que muchos adultos. Tenías una inteligencia rápida, flexible, luminosa; pero lo que más me impresionaba era tu madurez emocional. Podías leer a la gente con una sensibilidad sorprendente, como si entendieras sentimientos que nadie había dicho en voz alta. Eso, Luna, es un regalo enorme. Y también una responsabilidad.
Leíste más de cuarenta libros cuando yo a tu edad había leído tres con suerte. Tu imaginación era un país entero. La música ya te acompañaba: piano, un poco de guitarra, algo de batería, y esa voz que empezaba a asomarse con timidez pero con futuro.
A veces te daban “cringe” tus papás, y nosotros nos reíamos porque era señal de que estabas entrando a otra etapa. Era hermoso verte crecer sin perder tu esencia.
Las miniaturas y las casas a escala eran tu mundo mágico; por eso te decía que podrías ser arquitecta, aunque más que profesión, lo que veía era precisión, gusto, cuidado. Una mente que observa detalles.
Siempre te dije que no estudies música como carrera, pero que nunca la abandones: la música como oficio paralelo te da identidad, escape y equilibrio.
A mí me salvó muchas veces, y deseo que a ti también te acompañe siempre.
Si a los dieciocho sigues siendo tan empática, tan curiosa, tan tú, habrás conservado lo mejor de ti misma.
CARTA PARA CUANDO TENGAS 18
Cuando leas esto, ya no serás la niña que tocaba el piano la canción que hiciste para nuestra perrita en la sala, ni la adolescente que nos miraba con cara de “qué vergüenza mis papás”. Serás una adulta joven, parada frente al mundo con la mezcla perfecta de miedo, emoción y posibilidades.
Este libro nació porque quería dejarte un mapa, no para que lo sigas,
sino para que entiendas cómo pensé yo, cómo intenté vivir, y qué aprendí a golpes, risas y lecturas.
A los once ya tenías una identidad fuerte: no copiabas gustos, no buscabas encajar, leías, escuchabas música, observabas al mundo con una honestidad que dolía a veces. Eso espero que no cambie jamás.
Vas a equivocarte, como todos; pero si sabes quién eres, regresarás siempre a ti.
No quiero que vivas para complacer a nadie, pero tampoco que vivas contra todos. Encuentra tu camino en ese equilibrio difícil:
Ser libre sin volverte dura, ser sensible sin romperte.
A los dieciocho vas a pensar que ya entendiste la vida. Después te darás cuenta de que recién estabas empezando. Y está bien, así funciona.
No espero que pienses como yo, solo que pienses con claridad. No espero que vivas como yo, solo que vivas despierta. No espero que sigas este libro, solo que lo uses cuando te haga sentido y lo ignores cuando no.
Lo único que de verdad quiero para ti es esto: Que sigas siendo tú sin pedir permiso.
Con todo mi amor,
Papá.
LECTURAS QUE PUEDEN ACOMPAÑARTE
Algunos libros no cambian tu vida, pero sí cambian las preguntas que te haces. Y eso, Luna, basta para mover un poco el mundo.
Aquí tienes ciertos libros que me acompañaron, no para decirme qué pensar, sino para mostrarme dónde mirar.
Aristóteles - Ética a Nicómaco
Este es el libro que explica mejor que ningún otro cómo se construye el carácter.
No esperes entretenimiento, espera claridad:
Aristóteles te enseña que la vida buena no es un accidente, sino una práctica constante.
Alan Watts - El Libro: Sobre el Tabú de Conocer Quién Eres
Este libro fue un terremoto suave en mi pensamiento. Explica con humor, profundidad y ligereza las ideas centrales de la filosofía oriental.
De él puedes aprender:
1. El yo como ficción útil
No eres una cosa sólida, eres un proceso. Eso te libera de la obligación de ser perfecta.
2. La vida como una obra de teatro cósmica
Watts dice que la conciencia juega al escondite consigo misma:
se oculta en cada persona y luego se busca. Esa metáfora cambia la forma de ver el sufrimiento y la identidad.
3. El alivio de no tomarte demasiado en serio
Ser responsable no significa volverte rígida. La ligereza también es sabiduría.
Este libro te ayuda a recordar que pensar y reír no son opuestos.
Julio Cortázar - Rayuela
Rayuela no se lee, se juega. Cortázar rompe la estructura tradicional de la novela y te obliga a decidir cómo quieres leerla. Esa libertad formal es también una enseñanza de vida: No todo camino viene trazado.
Albert Camus - El Mito de Sísifo y La Peste
Camus escribe sobre el absurdo sin perder la ternura.
El Mito de Sísifo
Te enseña que el mundo puede no tener sentido pero eso no te condena: Significa que eres libre para inventarlo.
La Peste
Una historia que revela quiénes somos cuando nadie está mirando. Muestra que la moral se construye en la acción diaria, no en discursos.
Camus te acompaña cuando la vida se siente pesada, para recordarte que la lucidez puede coexistir con la alegría.
Mario Vargas Llosa - Conversación en La Catedral
Una de las preguntas más fuertes de la literatura peruana:
No para resignarte, sino para entender cómo las decisiones individuales tejen la historia colectiva.
Vargas Llosa te enseña a mirar tu país sin ingenuidad pero con interés. A ver los sistemas detrás de las personas y las personas detrás de los sistemas.
Estos libros no son recetas ni doctrinas. Son espejos. En distintos momentos de la vida, cada uno te devuelve una versión distinta de ti misma.
Lee cuando quieras, abandona cuando te aburras, regresa cuando algo te llame. Pero sobre todo: no leas para ser culta, lee para ser libre.
Epílogo
Hay ideas que uno guarda como quien guarda semillas.
No saben aún en qué tierra caerán,
Pero uno las lleva igual,
Por si algún día hacen falta.
Este libro es eso:
Un pequeño puñado de semillas.
No buscan explicarte la vida,
Solo recordarte que puede florecer de muchas formas
Y que ninguna es la definitiva.
Cada día inventarás un paso distinto,
Cada error te mostrará un borde nuevo,
Cada alegría te enseñará un ritmo.
La vida se mueve así:
Como una música que nadie controla del todo
Pero todos podemos bailar a nuestra manera.
Si alguna vez abres este libro cuando te sientas perdida,
No busques respuestas.
Busca la presencia detrás de las palabras.
Ahí estoy:
No como autoridad,
Sino como compañía.
Y si lo abres cuando estés plena,
Que este epílogo te recuerde algo simple:
La luz que ves afuera
También nace adentro.
Vive ligera,
Vive despierta,
Vive siempre con curiosidad.
Y en cada una de tus maneras de vivir,
Yo te voy a reconocer.